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Relato erótico: La fiesta de fin de año

Mi hermano y su mujer insistieron hasta convencerme de que les acompañase a la fiesta de fin de año que organizaban con sus amigos en la casa de campo de uno de ellos. Yo no tenía ganas de fiestas, pues hacía sólo tres meses que me había separado de mi mujer o, por mejor decir, ella se fue con otro, y sólo me apetecía hacer una visita a mi casa de escorts en Barcelona favorita, pero se pusieron tan pesados que accedí.

La cena era en un viejo caserón en un pueblo a unos 50 Km. de la ciudad y la organizaban, aquel año, dos parejas amigas de mi hermano. La cena y la fiesta estuvieron muy bien, pero mi estado de ánimo no era festivo, no conocía a nadie, era la única persona sin pareja y no bebo no lo pasé demasiado bien.

Bailé un par de veces con mi cuñada, que estaba guapísima, pues ella insistió en bailar conmigo, al ver que me estaba aburriendo.

Mi hermano se pasó con la bebida y tuvimos que dejar la fiesta antes de que finalizase pues estaba que se caía. Acomodamos a mi hermano en el asiento trasero, tumbado pues no se sostenía ni con el cinturón de seguridad y se durmió o entró en coma, no lo sé, antes de que cerrásemos las puertas del coche.

Eran las cinco de la mañana. Yo conducía el coche, pues mi cuñada también había bebido. Apenas hablamos cinco palabras durante el viaje, pues no soy muy hablador y tampoco tenía ganas de hablar. Mi cuñada iba con los ojos cerrados, pero no dormida. De vez en cuando la miraba. Nunca me había fijado en ella como lo hacía aquella noche. Sabía que mi cuñada era muy guapa y que tenía muy buen tipo, pero nunca, hasta aquella noche lo había interiorizado de aquella forma. El vestido, sentada en el asiento del coche, dejaba ver más de lo que tapaba, y aunque apenas se veía yo lo intuía y me puse cachondo.

Cuando llegamos al primer semáforo de la ciudad volví a mirar los muslos de mi cuñada y con el tono rojizo de la luz del semáforo vi perfectamente la piel de sus muslos que dejaba al descubierto las medias. No se le veían las bragas pero estaban cerca.

Mi hermano roncaba en el asiento trasero y mi cuñada seguía con los ojos cerrados.

Yo estaba a cien. En el siguiente semáforo en rojo lo intenté. Puse la mano sobre el muslo de mi cuñada y al ver que ella no se inmutaba, fui subiendo la mano hasta que llegué a las bragas. Mi cuñada abrió las piernas, la miré, seguía con los ojos cerrados, metí un dedo por el lateral de las bragas y busqué la raja. Mi cuñada suspiró al sentir el roce de mi manos en su sexo. Tenía el coño empapado, me llamó la atención su clítoris, grande como un garbanzo y bastante prominente, se lo acaricié suavemente y ella suspiró.

Tuve que interrumpir las caricias para reiniciar la marcha pero en cuanto podía meter la mano entre sus piernas lo hacía. Mi hermano roncaba en el asiento trasero y su mujer suspiraba con mis caricias en el delantero.

Llegamos a la casa de mi hermano, mi cuñada abrió la puerta del garaje con el mando a distancia, aparqué el coche y apagué las luces. Volví a meter la mano entre las piernas de mi cuñada, ella no decía ni hacía nada, sólo se dejaba hacer, continué acariciándole el clítoris hasta que se corrió. Suspiró profundamente y cerró las piernas con fuerza. Entonces abrí la puerta del coche y ella abrió los ojos, con mi dedo en los labios le indiqué que no hiciese ruido, salí del coche, cerré la puerta y abrí la suya lo más silencioso que puede. Mi hermano roncaba profundamente. Saqué a mi cuñada del coche y la llevé hasta un lugar apartado del garaje y allí, de pie, apoyada contra la pared la follé.




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